Un cálculo en la noche

Sabemos por fin en qué noche Van Gogh se detuvo a contemplar las estrellas. Un estudio científico de la revista Scientific Reports ha estudiado la posición de la Luna y de Venus y ha precisado cuándo se configuró el cielo que acabaría cristalizado en uno de los cuadros más famosos, más caros, más imitados del mundo. Fue durante el 22 de julio de 1889, y no en junio, como se creía hasta ahora, una noche preciosa de verano, reconstruida por la astronomía ciento treinta y siete años más tarde con un detalle que habría exasperado al pintor, el único de todos los hombres que esa noche, cuando miró hacia arriba, no vio solo un cielo, sino un código que latía en las luces que ardían.

Siempre me ha interesado esa frontera entre lo que podemos calcular y lo que, aun remoto, solo imaginamos. Conocemos, o al menos poseemos, las claves para conocer las órbitas de los planetas, la composición química de los pigmentos, el ritmo de las palabras, los intervalos de la música. Me angustia, últimamente, cuando doy con novelas escritas total o parcialmente mediante inteligencia artificial, comprobar cómo la máquina dispone ya las palabras con una cierta corrección; pero una obra literaria no resulta de la suma de los procedimientos que la crean. Aunque cumpla de la primera a la última cada regla narrativa, nada de eso garantiza que la novela contenga una sola página memorable o emocionante. La corrección formal no supone un mérito artístico cuando es el único que una obra ofrece.

Sospecho, y más aún tras los últimos escándalos, que los lenguajes generados de manera automática revelarán desde hace cuánto tiempo y cuántos libros estábamos escribiendo como si los humanos fuéramos ya una inteligencia artificial. Cuántas novelas obedecían a una fórmula reconocible y confortable, cuántos personajes se movían como autómatas por una trama y cuántas frases, cuántos temas seguían la dictadura de la moda, sin alma, ni estilo, ni vida ni trascendencia, historias zombies condenadas a ser decapitadas para que dejaran de golpear en nuestras puertas. Qué horrible pensamiento el saber que la máquina no inventa esa literatura muerta, que solo la ha aprendido de nosotros.

Volvamos a Van Gogh, al cielo que podemos calcular, el que se mostraba sobre su cabeza, no el que llevaba dentro, a la diferencia decisiva entre fabricar una obra y crearla: ni la técnica, ni los errores prueban el arte humano, no garantizan la aparición de algo inesperado, de una estrella fugaz, de un hallazgo imprevisto. Podemos calcular el orbe de las estrellas, porque incluso ellas se doblegan ante las matemáticas. Pero el lenguaje, la siguiente palabra, son y serán libres.