Hace un año me preguntaba si estaríamos frivolizando la salud mental. Habíamos pasado de ocultarla a contarla a los cuatro vientos. Romper el silencio era necesario. Convertirlo todo en una etiqueta, no tanto. Ahora vuelvo sobre aquella reflexión con una sensación incómoda: nos hemos quedado a medio camino. Hablamos de estrés, ansiedad y depresión. Hemos aprendido a reconocerlos y a pedir ayuda sin tanta vergüenza. Es un avance que no debemos despreciar.
Pero, ¿qué ocurre cuando pronunciamos otras palabras? Trastorno obsesivo-compulsivo, esquizofrenia, trastorno límite de la personalidad, trastorno bipolar. ¿Y qué sabemos de las personas con trastornos mentales graves? ¿Estamos dispuestos a convivir, trabajar y construir relaciones de igual a igual con ellas? Me temo que allí se acaba buena parte de nuestra apertura de miras.
Nos resulta fácil defender la salud mental mientras nos reconocemos en lo que se cuenta. Mucho más difícil es comprender realidades que nos son ajenas. El TOC no es una manía por el orden. El trastorno bipolar no consiste simplemente en cambiar de humor. Una persona con esquizofrenia no es, por definición, peligrosa. Y quienes viven con un trastorno límite de la personalidad no pueden quedar reducidos a los prejuicios que circulan sobre ellos. Sin embargo, seguimos asociando determinados diagnósticos con violencia, imprevisibilidad o incapacidad. No solo es injusto, también tiene consecuencias. La sospecha se convierte en distancia; la distancia, en exclusión. Hablar de inclusión resulta mucho más fácil que practicarla.
La salud mental no puede tener una primera división comprensible y socialmente aceptada, y una segunda, incómoda, a la que preferimos no mirar. Tampoco basta con un lazo, una campaña o una jornada conmemorativa. Necesitamos información rigurosa, profesionales y recursos suficientes, apoyo real a las familias y oportunidades reales de educación, empleo y participación social. No se trata de negar las dificultades que pueden acompañar a estos trastornos ni de idealizar sufrimientos complejos.
Se trata de entender que un diagnóstico no define a una persona ni determina su valor ni cancela sus derechos. Quizá el verdadero termómetro de nuestra sensibilidad no sea cuánto hablamos de salud mental, sino cómo tratamos a quienes todavía nos cuesta comprender. Porque aceptar lo que se parece a nosotros es sencillo. La inclusión empieza precisamente donde terminan nuestras certezas.

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