La máquina de vapor

Acabo de regresar de Inglaterra, esa pérfida Albión que aún añora el imperio que poseía cuando inventó la máquina de vapor, y todo confirma que, fuera de los carísimos barrios de moda en Londres, el país arrastra un desgaste evidente. Lejos aún de la ruina o del colapso, esa decadencia se perciben en cómo todos los servicios funcionan peor de lo que lo hacían, en esos trenes decrépitos. Pese a que los datos contradigan esa impresión, con una economía en crecimientos y con previsiones del FMI aún mejores, la decepción instaurada desde el brexit ha calado como un nuevo estado de ánimo nacional.

Pensaba en ello este lunes, mientras un tren ardía el día de la Hispanidad entre Calatayud y Zaragoza y casi veinte mil viajeros sufrían las consecuencias en la línea Madrid-Barcelona, si bien sin heridos ni más incidentes que lamentar que las pérdidas económicas y las evidentes molestias. El tren era un S100 de Alstom, uno de la primera generación de AVE españoles, un modelo veterano de los años noventa que aún seguía en servicio. Un AVE, uno de los grandes símbolos españoles de modernidad y de orgullo colectivo: la prueba física, visible y tecnológica de que el país del “Vuelva usted mañana” se había transformado, es más, que podía dar lecciones, algo tan satisfactorio para una nación con un ego frágil como la nuestra.

Probablemente parte de la decepción y de las críticas acerca de cómo funcionan los trenes en España sean injustas, pero los símbolos funcionan tanto para exagerar el bien como para desorbitar el mal. Ni un incendio demuestra la decadencia de un sistema ferroviario, ni una gotera en Westminster indica el hundimiento del Reino Unido. Pero si Gran Bretaña tuvo sus locomotoras y Estados Unidos, sus rascacielos, España encontró en la alta velocidad la imagen más convincente de su modernidad, y por ello cuando incumple horarios o arde en mitad de la vía, la avería se contagia a lo político y a lo emocional, y es fácil promulgar que quien tolera que nuestro AVE se detenga no impedirá que el país se pare; este mensaje, en vísperas de las elecciones, aumenta su gravedad.

Se inicia, durante las próximas semanas, uno de esos periodos de malestar colectivo tan peligrosos donde se afirmará que las cosas funcionaban mejor cuando gobernaba el partido de nuestro agrado, que nuestros padres recibieron un país en ascenso y a nosotros nos alquilan viviendas ridículamente caras. La acumulación de anécdotas se convierte a una velocidad apabullante en un diagnóstico divulgado por redes y voceros. Pero sí, los países también viven de sus metáforas y nuestros trenes, hoy pueden decirlo los poetas y los informativos, arden.