La semana pasada falleció mi perra. Si existiera una imagen capaz de encarnar la felicidad más absoluta era ella: Ester, sin hache y con un palo. No necesitaba más, morder un trozo de naturaleza, robarle un cachito al mundo y correr con la brisa en la cara. La felicidad era un palo.
La pasada semana también estuve en Alcázar de San Juan, donde, en un restaurante, me sirvieron una pata de cordero con “taba”, como me advirtió el camarero. Al verla, mi memoria viajó cuarenta años atrás. Recordé a mi abuelo jugando a las tabas, limpiando con mimo ese hueso final de la pierna para transformarlo en su entretenimiento. La felicidad era un hueso.
En ese mismo restaurante me regalaron una navaja, un objeto simple y hermoso, usado ancestralmente, en esa tierra, para pinchar un trozo de pan y rebañar una olla de gachas. Un gesto sencillo, como el de cortar unos bocadillos en la Puerta del Sol, que logra unir a una comunidad alrededor de una idea, lejos de usarse para agredir a cualquiera. La misma herramienta que abrazaban los pastores, con ella, tallaban un trozo de madera del campo, matando las horas muertas mientras sus ovejas pastaban. La felicidad era una navaja.
Un hogar es el refugio sagrado donde soñar, llorar, reír, aburrirte e incluso donde morir
Me gusta pensar que la escultura nació así, del noble arte de aburrirse. Hoy, el aburrimiento es un lujo en extinción como advierte el filósofo coreano Byung-Chul Han. Vivimos sepultados bajo la ansiedad crónica de producir y hacer cosas sin aliento, olvidamos que el pensamiento brota del vacío. Quien se aburrió caminando, descubrió el baile. El movimiento rítmico y artístico nace precisamente de habitar ese vacío creativo, quien decidió tolerar el aburrimiento, se puso a crear.
Nos complican la existencia, nos engañan, nos entrampan y nos dejan ciegos ante la belleza de lo elemental, de lo básico. Y es precisamente esa incapacidad de poseer lo sencillo lo que vuelve tan sangrante la actual crisis de la vivienda. Hemos mercantilizado el derecho a la paz, nos han convencido de que un techo es una trampa financiera, un artículo de lujo o una condena a treinta años, cuando debería ser algo tan simple como el palo de Ester, como la taba de mi abuelo y la navaja para comer gachas.
Un hogar no debería ser una inversión bursátil ni objeto de especulación porque es el refugio sagrado donde soñar, llorar, reír, aburrirte, donde construir e incluso morir. Este fin de semana he vuelto a recordar que la dignidad y la felicidad están en las cosas sencillas. Porque sí, la felicidad, hoy día, sobre todo, es una casa.

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