En los últimos días he tenido el privilegio de escuchar a empresarios, premios Nobel, intelectuales, incluso a una mujer astronauta en el Foro Tecnológico Global de la patronal de empresas de consultoría (AEC) que se ha celebrado en el marco incomparable de San Lorenzo de El Escorial.
Uno de los temas abordados ha sido la IA y las consecuencias que va a tener en la forma de generar productividad en nuestras empresas. Menos personas, mejor capacitadas que multipliquen exponencialmente su productividad apalancada en la inteligencia artificial. No cabe duda de que la herramienta va a permitir a las corporaciones que utilicen bien la IA a crecer más rápido y mejor. En España todavía estamos rezagados en productividad en relación a los países más avanzados y, no nos engañemos, a medio plazo la productividad lo es caso todo en el ecosistema empresarial.
En este contexto también se ha hablado de dar la batalla de las ideas para lo cual es condición sine qua non formar el espíritu crítico de las personas. Pero ¿cómo se forma de verdad ese espíritu crítico? No es un software que se instala ni una competencia que se adquiere en un curso de dos horas. Se construye despacio, con hábitos aparentemente sencillos y que, sin embargo, cada vez cuestan más. Empieza por la curiosidad genuina: la costumbre de preguntarse “¿por qué?” y “¿cómo lo sé?” antes de aceptar una afirmación, venga de un experto, de un algoritmo o de la propia intuición. Continúa con la exposición a ideas distintas de las propias. Leer, escuchar o debatir con quien piensa de otra manera no es un ejercicio de tolerancia; es el único modo de contrastar argumentos, detectar lagunas y afinar el propio criterio. El espíritu crítico requiere horas de teoría: lectura de buenos libros (los clásicos nunca fallan), de escritura, de aprendizaje continuo y también exige práctica: analizar un texto, desmontar un argumento, distinguir hechos de opiniones, reconocer sesgos (propios y ajenos) y, hoy más que nunca, saber que una respuesta generada por inteligencia artificial puede ser brillante, fluida y, aun así, incompleta o falsa. Formar espíritu crítico en la era de la IA significa enseñar a usarla como herramienta de amplificación, no como sustituto del juicio: verificar fuentes, preguntar por las limitaciones del modelo, no delegar la decisión final en lo que dice Grok.
Se atribuye a Aristóteles la cadena causal: el pensamiento condiciona la acción; la acción crea los hábitos; los hábitos conforman el carácter y el carácter marca el destino. En esta secuencia tiene una importancia clave la escuela, los buenos profesores que amplían los horizontes del alumno. También son muy importantes la familia y la estimulación desde allí hacia la excelencia y los amigos que conforman la familia de elección.
Si la inteligencia artificial va a multiplicar la capacidad de menos personas mejor capacitadas, esas personas deberán estar mejor capacitadas en lo que la máquina no hace por sí sola: ponderar, contextualizar, dudar con fundamento y decidir con responsabilidad. La batalla de las ideas no la ganará quien tenga más datos o más potencia de cálculo, sino quien conserve y transmita esa inteligencia natural que permite usar la artificial sin ser manipulado por ella.
Disertar sobre inteligencia trae a mi mente a uno de los españoles más ilustrados de la historia de España: don Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), a quien Benigno Pendás, presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, acaba de dedicar una biografía titulada: Jovellanos: ilustración para españoles. Jovellanos se abrazó al conocimiento, a la curiosidad insaciable y al descubrimiento. Tomemos la figura de este asturiano universal como modelo de persona culta. Jovellanos falleció en el naufragio del barco en el que huía del ataque de los invasores franceses. Su mayordomo rescató del naufragio más de un centenar de libros que acompañaban al pensador en su singladura. Han pasado más de dos siglos desde la muerte de Jovellanos, pero hay algo muy esencial que permanece inalterado. El finado llevaba en su equipaje más libros que ropa y eso tiene mucho vigor en nuestras vidas actuales. Llevemos todos más libros que trapos en esas maletas imaginarias que amueblarán nuestras cabezas y nos ayudarán a conformar un espíritu más crítico y más libre. Que el ejemplo de Jovellanos nos inspire a ser más ilustrados en tiempos de IA. Una inteligencia natural frente a la que tomamos prestada de las máquinas.

More Stories
Los audios del Iryo contradicen a Puente: la maquinista avisó de que no podía “reiniciar” el tren poco antes del choque en Urda
El número de muertos por la tragedia en Urda sube a 69
“Descansa en paz, amiga”: los políticos despiden consternados a Fátima Báñez, la exministra fallecida en el accidente de Urda