El fracaso del apaciguamiento con Marruecos

Se cumplen dos meses del asalto a la frontera de Ceuta. El problema sigue vivo, a pesar de que algún ministro apasionado del estilo tuitero trumpista se apresuró a decirnos el 1 de agosto que esta era otra crisis resuelta por Pedro Sánchez.

Lo ocurrido en Ceuta es muy difícil de gestionar bien, pero transcurridos dos meses ha quedado en evidencia que se ha gestionado mal. Y no solo la gestión de los hechos; también ha sido muy defectuosa la gestión política. Y este aspecto resulta ser un fiasco especialmente relevante para La Moncloa, obsesionados como están sus ocupantes en “controlar el relato”. Nada quita más el sueño a los cientos de asesores de Pedro Sánchez que no tener en sus manos la agenda política: que no se hable de lo que le conviene al presidente, sino de aquello que puede dañar su imagen pública.

El propio Sánchez ha demostrado en esos dos meses una novedosa incapacidad para auscultar el ambiente social, cuando sus hagiógrafos han destacado siempre la capacidad del líder socialista para adelantarse a los acontecimientos y su habilidad para driblar los obstáculos con una pericia poco común. Pues este no es el caso, y no es extraño que muchos, tanto propios como ajenos, vean en este naufragio una confirmación de que el sanchismo ha entrado en fase crepuscular, en fase de tardosanchismo. Puede ser, o no. Porque la política es una noria que da vueltas a ritmos desiguales y lo que hoy gira en una dirección, mañana puede girar en la contraria.

Sin embargo, los síntomas se hacen presentes cuando se constata que el Gobierno desatendió los avisos que el CNI y otros servicios del Estado le hicieron llegar en los días previos al asalto. Y también, en las sucesivas descripciones que el presidente ha hecho de aquellos sucesos. El 31 de julio dijo que había sido un “ataque”. En su comparecencia parlamentaria a primeros de septiembre el ataque se había transformado en una “crisis migratoria”.

Días después, en su afán de empatizar con el régimen de Rabat, dijo que las autoridades marroquíes habían actuado con “inteligencia”. En Moncloa debieron pensar que el presidente había demasiado lejos, y la semana pasada, en Nueva York, declaró que Marruecos había cometido “fallos en el control de la frontera”. Al cabo de 24 horas, Moncloa apreció que esta vez se le había ido la mano en la crítica, y Sánchez empató el partido afirmando que el problema era de ambos lados de la frontera.

Y ese es el pecado original: la plena determinación para no desairar al rey de Marruecos y a su cohorte. Pedro Sánchez, igual que algunos presidentes anteriores, aplica con el régimen de Rabat la política del apaciguamiento, tratando de que no se enfade y aceptando lo que no es aceptable. No funciona.