Dos meses de la invasión en Ceuta: “Ni una buena palabra, ni una mala acción”

La izquierda ideológica, en general tiende a caracterizarse por una conciencia muy arraigada de superioridad moral respecto a la derecha. Es muy frecuente comprobar que mientras los políticos, intelectuales o periodistas de la derecha piensan que sus homólogos de la izquierda están radicalmente equivocados, lo que estos piensan y dicen es que los de la derecha son malos, fascistas o nazis. Siempre he pensado que esta presunta superioridad moral es, simplemente, una añagaza para evitar el debate riguroso, con igualdad de armas y resultado racional.

La crisis de Ceuta no es una excepción. La encuesta mensual de DYM publicada por el grupo Henneo constata que la abrumadora mayoría de los españoles creen que Marruecos promovió la invasión, que la regularización y las ayudas de los inmigrantes ilegales han influido en el asunto, y que Marruecos no es un socio fiable. Parece de sentido común, pero la izquierda ha intentado cambiar el debate, para situarlo en el terreno moral.

Frente a los ciudadanos ceutíes, presos en sus propias casas ante una masa vagabunda que ocupa los espacios públicos, los pobres inmigrantes que no tienen otro remedio. A mí me parece muy difícil explicar que a un país al que hemos cedido protagonismo en la organización de un evento deportivo de primer nivel mundial no pueda ocuparse de sus ciudadanos. Marruecos está construyendo el mayor y más lujoso estadio de fútbol del mundo, pero tenemos que creer que sus ciudadanos huyen de la miseria. O son capaces de hacerse cargo de sus ciudadanos o no deberían de poder organizar un mundial.

Marruecos está construyendo el mayor y más lujoso estadio de fútbol del mundo, pero tenemos que creer que sus ciudadanos huyen de la miseria

La propia comunidad marroquí, que lleva años trabajando en España con un nivel de integración envidiable ve con pavor lo que ha sucedido en Ceuta. No lo entienden.

Me preocupa en particular el asunto de los menores de edad. El gobierno parece haber aceptado que hay que devolver a los marroquíes que entraron, aunque ahora sitúa el problema en los trámites que hay que forzosamente realizar para conseguirlo. Olvidan decir que esos trámites fueron cuidadosamente diseñados por ellos mismos para entorpecer la expulsión, pero un diario pro-gubernamental ya ha contado que el gobierno va a cambiar esa regulación. Pero el asunto de los menores es diferente.

La izquierda defiende que a los menores no se les puede devolver, y yo no puedo entenderlo. La superioridad moral de la que hablo se manifiesta en toda su extensión: los menores marroquíes están mejor en un país extraño, cuyo idioma no conocen y cuya realidad social les es ajena que, con su familia, en su entorno y con sus costumbres. Quizá los defensores de esta posición no se den cuenta de que eso implica creer que nuestro país es superior a otros países. Y también que la familia no importa, que se puede trasplantar a los niños por su propio bien, sin tener en cuenta su vida y su voluntad.

Un disparate más de los muchos que diariamente podemos contemplar. Esta semana se cumplen dos meses de la entrada masiva –de unas 80.000 personas— a Ceuta. El gobierno no ha tenido ni una buena palabra para los ceutíes (cuya paciencia, civismo, solidaridad están a prueba de bombas) ni una mala acción respecto de Marruecos y la devolución de los migrantes.