Quince años

Quince años es el tiempo mínimo que pasa entre una generación y otra, dicen los sociólogos. Hace tres lustros, en mayo de 2011, un cúmulo muy variado de hechos, reveses y provocaciones –desde la crisis económica y el descrédito de los políticos hasta la “primavera árabe”– propició un modo de protesta nuevo en España: una multitudinaria acampada en la Puerta del Sol que se formó rapidísimamente y que parecía completamente espontánea. No lo era. Estaba cuidadosamente organizada por grupos políticos pequeños pero muy radicalizados, de los que luego nació Podemos. Aquello se llamó el 15-M.

Ahora, quince años después, esa forma de protesta se ha reproducido en el mismo lugar. Hay algunas semejanzas y grandes diferencias. Primero, la acampada ha sido de nuevo organizada (en un santiamén) por grupos de activistas muy pequeños, que van desde el Sindicato de Inquilinos hasta fracciones juveniles antisistema y entidades veteranas como Greenpeace. Pero la respuesta de los ciudadanos ha sido impresionante, y eso no lo puede prever nadie. En dos horas pasaron de media docena de tiendecitas, plásticos y toldos a abarrotar la plaza, donde pueden entrar unas 15.000 personas.

Otra diferencia: la gente. Muy pocos son los mismos de entonces. En 2011 había en Sol un innegable componente lúdico, de transgresión juvenil de reglas establecidas, que luego fue cuidadosamente reconducido por los estrategas. Ahora lo que hay es un fenomenal cabreo porque los ciudadanos, lo mismo los chavales que sus abuelos, simplemente no tienen dónde meterse ante la rapacidad incontenible de los “fondos buitre”, que suben impunemente el precio de los alquileres, que destruyen los barrios con la epidemia de los pisos turísticos y que mantienen vacías –caso de Madrid o Barcelona– miles de viviendas para aumentar su precio. Por eso la gente que hay ahora mismo en Sol es mucho más variada que hace quince años: hay jóvenes y mayores, chiquillas voceonas y señoras de edad. Y muchos de ellos, no sé si la mayoría pero tiendo a creer que sí, están mucho menos politizados (en origen) que los de hace década y media, ahora todos ya cuarentones… como mínimo.

Pero la diferencia más notable es esa anciana. María del Carmen Abascal, “Maricarmen”, se ha convertido, a sus 87 años, en un símbolo de una fuerza irresistible. Nadie se atreve a enfrentarse a ella ni en lo más mínimo. Todos los políticos, con la sola excepción de la ultraderecha, repiten que están de su parte y le dedican besos y sonrisas más o menos sinceros… que no durarán mucho, ya lo verán. Hasta el Papa León XIV ha preguntado, en español, “cuál es el problema en el sistema que permite que una anciana sea echada de su casa”. Como es natural, nadie le ha contestado. Todos los políticos que mordían por hacerse una foto con él en su viaje a España guardan ahora un “respetuoso” silencio.

Como en 2011, ahora las junturas del Estado se estremecen. No por Maricarmen; ella es tan solo el nombre, el símbolo, el tapón de la botella que ha reventado con una fuerza pasmosa. La razón es fácil de entender. Hace quince años, la gente se indignó por razones muy variadas y muchas veces lejanas. Pero lo que sucede ahora nos está pasando a nosotros, a millones de nosotros, que no sabemos si el mes que viene podremos seguir viviendo en nuestra casa de siempre porque los carroñeros vuelan en círculo sobre nuestras cabezas, y nadie que pueda hacerlo parece dispuesto a pararlos.

Eso sí puede tumbar a un gobierno. O a varios, si añadimos ahí a los autonómicos. Hay en la historia revoluciones que derribaron tronos y repúblicas, y que empezaron por mucho menos.