Silla eléctrica

Es un invento reciente. A finales del siglo XIX en las cárceles de Estados Unidos se decide sustituir la horca por un método en el que sufriera menos el preso y de paso evitar el morbo de las ejecuciones al aire libre con el condenado agonizando. En ese momento la electricidad era sinónimo de modernidad, permitía iluminar ciudades y alimentar fábricas. De ahí que se les ocurriese a los americanos esa silla de madera en la que sentar al reo y aplicarle unos electrodos con una corriente que rápidamente provocaba la muerte, todo ello en la discreción de una sala del penal.

Hoy la silla eléctrica ya ha pasado a la historia y no se usa en ningún lugar del planeta para imponer la pena de muerte, pero de alguna manera sigue muy presente en nuestras vidas.

Muchos trabajos son sillas eléctricas. Llegas a un puesto, te sientas, comienzas con tu desempeño y al cabo de un tiempo te das cuenta de que ese empleo es arriesgado para tu salud y la de tu familia. Objetivos inalcanzables, compañeros tóxicos, organizaciones ineficientes o simplemente inadecuada cualificación que aboca a que alguien, algún día, o incluso tú mismo aprietes el letal interruptor. Pasa mucho con los directivos, toda la vida preparándose para llegar a una posición de consejero delegado y sentarse el sillón del despacho que pone en la puerta una placa con el título de CEO, y resulta que el oficio es absolutamente estresante hasta el extremo de amargar la vida por vivir obsesionado con que o bien los dueños o bien los resultados acaben accionando la palanca de la corriente eléctrica.

Y qué comentar de tantas decisiones de compra. Te sientas en tu nueva casa satisfecho por la amplitud y ubicación, pero la desorbitada hipoteca, por no hablar de los gastos asociados a tantos metros, te van poco a poco erosionando como la corriente alterna de esos electrodos. O ese coche del que presumir tanto, comprado con una financiación apurada por los pelos que al cabo de unos pocos meses te ahoga y no permite siquiera llenar el depósito o asumir los caros mantenimientos del automóvil.

Hay más sillas eléctricas, desde los estudios que elegimos, a la ciudad en la que vivir y los amigos o pareja que nos tocan en suerte (o desgracia). Una vocación temprana -en ocasiones inmadura- por una disciplina profesional en la que al final y a la postre no hay salida laboral alguna más que ocasionales y precarios encargos. Una obsesión por un destino geográfico donde cumplir tus sueños sin darse cuenta de la dificultad de vivir sin el soporte familiar o los inasumibles altísimos costes de la vida. Esos amigos que en la infancia eran divertidos por gamberros que con el paso del tiempo se convierten en malas compañías o esa pareja que por idealizada te impide ver que te está llevando al patíbulo.

Gracias a Dios ya no se fabrican sillas eléctricas, por eso ahora nos toca aparcar las sillas eléctricas que aun persisten en nuestras vidas. Se puede.