Abría junio, mes de cielo limpio y de verde silencio al decir de los versos serenos de Pablo Neruda, con la visita del Papa a España. Dicen que en junio cada puesta de sol es diferente. De ser así, en nuestra tierra de anocheceres rojos y azabache, las puestas de sol son diferentes e infinitas. Y allí estaban todos: creyentes de primera hora, conversos por tendencia y moda, y pecadores de toda laya. Vanidad de vanidades. Todos estaban dispuestos a convertirse al magisterio de Judas Iscariote por una fotografía con el Santo Pontífice para la posteridad. España demostró una vez más que organiza eventos como nadie, aunque ya no esté Velázquez para retratarlos. En un mundo de artificio, donde la impostura suple el talento, somos los primeros. Ese mes de junio pasó, pleistoceno de verano, y la visita del Papá se fue convirtiendo en un fugaz recuerdo.
Caminamos junio, al ritmo del mundial de fútbol, y un país entero, enterró por unos días el tango y el lunfardo, y los convirtió en poesía y, por tanto, en nostalgia viva. Ganamos el mundial, quizá porque Nico Williams abandonó por un instante el afrobeats y se empapó de las melodías de Gardel, para cabecear hacia atrás un balón imposible para ganancia de Torres. Cantaba el tanguista, que no nació en Argentina, aquella melodía de cualquier callejón de Buenos Aires, que se hizo española por un segundo para la historia: “Por una cabeza, de un noble potrillo. Que justo en la raya, afloja al llegar”. Corría el mes de julio, pero julio pasó también, neolítico en la memoria, y el mundial fue un sueño de verano.
Llegaba julio a su final, envuelto en lenguas de fuego. Hicimos del verso de Machado nuestro lema: “Caminé hacia la tarde de verano para quemar, tras el azul del monte, la mirra amarga”. España ardía, y medio país maldecía al otro medio, en una eterna llama de odio. España protestante, de protestar. Quedan rescoldos de aquellos fuegos y llegaron otros, pero de aquellos incendios y de los actuales solo quedará el recuerdo, hasta el año próximo. Y tras el fuego, el mar. Ceuta invadida como un parque temático y más un centenar de muertos que no son de nadie. Nadie los tendrá en su memoria porque el verano no es para los muertos. A lo mejor lo son las bicicletas de Fernan Gómez.
España es un país de memoria frágil, donde todo pasa, porque todo tiene que ocurrir. Quien más y quien menos, disfruta de una comilona de verano, ya sea en una playa bendecida por una bandera azul, o, para los menos pudientes, en una terraza de cualquier ciudad. Parafraseando a Elizabeth, la protagonista de la novela “Comer, rezar, amar” convertida en carne de cine por Julia Roberts, “Estoy enamorada. Estoy teniendo una relación con mi paella”. Porque así es cómo mientras comemos el arroz y disfrutamos de la intemperie iluminada, practicamos el arte más antiguo de la conciencia española: el olvido.

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