Mi bola blanca para ‘La bola negra’

Sí, confieso que me pareció una película plagada de ese tipo de excesos conceptuales e imposturas líricas que empañan cualquier debate nacional sobre los derechos sociales. Pero uno la salvaría porque el resultado final los supera con mucho en su grandioso esfuerzo original y estético.

Uno pensó, mientras se hallaba a oscuras y atornillado a su butaca, que quizá una de las tres horas le sobraba a esa cinta. Y ya entrando en harina, lo que me resultó chirriante fue la mezcla de esteticismo y sordidez castiza. Me parecieron un logro esas escenas pictóricas de marineros que son un guiño a los dibujos que Lorca hizo con un estilo naïf en las postales y cartas que enviaba a sus amigos. Pero creo que se daban de tortas con el perfil de Teresa, esa madre áspera como la lija y salida de una película de Almodóvar, o de Alberto, ese hijo alternativo escapado de otra de Alex de la Iglesia. Uno tuvo la impresión, en fin, de asistir a una parodia de Pasolini pasado por la túrmix choni de los Premios Goya.

Y luego estaban esos grititos histéricos y esos “cojones” que nunca faltan en el cine español. En el americano, la violencia suele irrumpir sin gritos, con la elocuencia del silencio. Dicho de otro modo, en nuestras películas es clásica la escena en la que se grita mucho y no muere nadie. En La bola negra, las escenas más logradas del horror de la guerra son esas en las que se amontonan los cuerpos enmudecidos por la mordaza de la muerte.

Otro defecto típicamente presentista del que adolece la película es el Lorca santurrón que comparece, ya sabiéndose a sí mismo como el poeta y el profeta carismático en el que lo convertiría su asesinato. A ese empalago se suma la mirada entre suficiente y lacrimógena de la hispanista que viene a darnos lecciones de tolerancia desde el país que ha votado a Trump y cuya superioridad moral es una modalidad inquisitorial. Nos hemos pasado la etapa democrática oyendo a unos nacionalistas que nos presentaban la Guerra Civil como un litigio de España contra los vascos y los catalanes. ¿Vamos a caer ahora en la tentación de presentar la contienda del 36 como una guerra de España contra los gays?

Sí. Uno a la La bola negra le saca una bola blanca por lo que tiene de audaz desmesura y conmovedor homenaje a esa poesía española que ayer se quiso confundir con la izquierda y hoy con la causa homosexual. Si esa película sirve para que las jóvenes generaciones lean los Sonetos del amor oscuro, que son la antítesis de ese trazo grueso, ¡bienvenida!