Madres de día, la alternativa a la escuela infantil: “No somos competencia, sino opciones de cuidado”

Son las cuatro de la tarde en una casa de Galapagar, un municipio del noroeste de la Comunidad de Madrid. Sentados en el suelo, Leticia Sarabia les cuenta a los padres de Bastian cómo su bebé ha pasado el día: qué ha comido, cuánto ha dormido, qué avances ha hecho hoy, qué ha necesitado. Mientras habla, Noah, de 16 meses, termina de despertarse de la siesta en su regazo. Ella le acaricia la cara, despacio, acompañándole suavemente en ese tránsito entre estar dormido y despierto.

Sarabia (Leti para todos) es la madre de día de Bastian y Noah. “Una madre de día es una opción educativa en la que una profesional se encarga del cuidado y acompañamiento de los peques desde los 0 años hasta la escolarización obligatoria”, explica Sarabia. A diferencia de una escuela infantil, el cuidado se desarrolla en la propia casa de la madre de día.

Para ello, Sarabia reformó el antiguo garaje de su casa. “Era un garaje horroroso”, recuerda. Hoy es un espacio amplio y tranquilo, de colores claros, con juguetes de madera, colchonetas, libros, un lavabo a la altura de los pequeños, jardín, arenero y una rampa que los bebés suben y bajan a su ritmo. En Mi Luna Creciente todo recuerda a un hogar.

Y es que en los hogares españoles, la misma pregunta se repite en miles de familias: qué hacer cuando un bebé aún parece demasiado pequeño para separarse de sus padres, pero éstos tienen que volver a trabajar. En el curso 2025-2026, el primer ciclo de Infantil alcanzó en España los 491.811 niños escolarizados y la tasa de escolarización de 0 a 2 años llegó al 50,2%, su máximo histórico. La mayoría acude a escuelas infantiles, pero algunas familias buscan otros caminos para que esta primera separación sea menos brusca.

Separarse por primera vez

Aída y Jaime, los padres de Noah, no llegaron a Mi Luna Creciente buscando simplemente una solución para conciliar. También buscaban una forma concreta de separarse de su hijo por primera vez. “Si no hubiéramos conocido a Leti lo hubiera pasado muy mal llevando a Noah a una escuela infantil”, cuenta Aída. Acababan de mudarse a la zona y ella tenía claro que no quería ese paso para un bebé tan pequeño. “Encontrar a Leti cerca de casa fue un regalo”, recalca con una amplia sonrisa.

Jaime no conocía la figura de madre de día y al principio tuvo más dudas. “Siempre tienes miedo a lo desconocido”, reconoce. Pero la desconfianza inicial se desvaneció rápido al ver cómo estaba su hijo. “Desde el principio se ha sentido como en casa”, recuerda. “Ha estado tranquilo, y nosotros también, desde el primer día”, añade Aída.

A su lado, Nazaret y Miguel escuchan y asienten. Ellos son los padres de Bastian, que en los cinco meses que lleva quedándose con Leti “jamás ha llorado”. “Por la mañana se viene feliz”, cuenta Nazaret. Para ella, la clave está en algo que en una escuela infantil no siempre es fácil sostener: “La atención personalizada, eso no tiene comparación”. Habla de siestas, de ritmos, de bebés que no tienen que adaptarse a un horario único. “Aquí ella es la que se adapta a ellos”, recalca.

Miguel añade otra idea: la confianza en una persona concreta. “El trato con Leti siempre es supercercano”, explica. Pero en una madre de día esa confianza no se queda solo en la profesional que cuida, alcanza también a la casa y a quienes la habitan. Por eso Sarabia procura que en la primera entrevista con las familias estén su marido, sus hijas y hasta sus perros. Enseña el salón, el jardín, explica cómo será el día a día y deja que las familias vean el entorno en el que van a moverse sus hijos. “También ayuda que el marido sea simpático y prepare un buen hummus de remolacha para recibirles”, bromea dirigiendo una mirada a su marido Kike, también presente. “Y una muy buena tarta de zanahoria también”, añade Miguel, arrancando las risas de todos.

Las necesidades de un bebé

En Mi Luna Creciente, la mañana empieza con una canción de buenos días y continúa con juego libre, comida, lavado de manos y siestas. No siempre en ese orden ni siempre a la misma hora. “Me adapto yo a lo que ellos necesitan”, explica Leti. Si un bebé necesita dormir más en casa, llega más tarde. Si todavía necesita dos siestas, el día se organiza alrededor de ese descanso. Lo que nunca cambia es que siempre hay mínimo una salida al exterior. En invierno pide a las familias monos de agua o de nieve; en verano, gorra. “Todo para adaptarse al clima que haga”, resume.

Esa atención a los ritmos de cada niño también se nota en la casa: el lavabo queda a su altura, los materiales están a mano y el espacio está preparado para que puedan moverse con seguridad, con enchufes cubiertos y esquinas protegidas. Para Sarabia, el aprendizaje en estas edades no pasa por dirigirlo todo, sino por acompañar lo que va saliendo de ellos. “Ellos son los protagonistas del aprendizaje”, defiende. Se trata, dice, de respetar sus ritmos y sus necesidades, “no forzarles nunca a nada”.

Marisol Justo de la Rosa, coordinadora pedagógica de Amei-Waece y maestra de Educación Infantil con más de 40 años de experiencia en aula, apunta en la misma dirección cuando habla de la etapa de 0 a 3 años. “La necesidad imperiosa en la infancia es el juego, sobre todo el juego autónomo“, señala. Así, afirma que un niño pequeño necesita alimentación, descanso e higiene, pero también vínculo, seguridad emocional, movimiento y juego. “Se trata de atender sus necesidades fisiológicas, pero sobre todo que verdaderamente haya un clima de afectividad, de aceptación, un clima en el que los niños y niñas se sientan a gusto, se sientan respetados”.

En ese cuidado disponible, las ratios importan. Y no es una preocupación exclusiva de las madres de día: las educadoras infantiles de 0 a 3 también llevan años reclamando menos niños por aula y mejores condiciones para poder sostener una atención más individualizada. El pasado junio, el Ministerio de Educación planteó rebajar las ratios del primer ciclo de Infantil a cuatros niños por educadora de 0 a 1 año, seis de 1 a 2 y ocho de 2 a 3, con una aplicación progresiva desde el curso 2027-2028. Con el adelanto electoral, estas medidas quedan pendientes de lo que pase en la próxima legislatura. Para Justo de la Rosa, no son solo cifras: es tiempo para dormir a un bebé, acompañar un despertar o, llegado el momento, “dedicarte a dar abrazos”.

Regulación y garantías

En España no existe una ley estatal común que ordene la figura de las madres de día y, en la actualidad, solo Madrid y Navarra cuentan con una regulación específica. En la Comunidad de Madrid, donde desarrolla su proyecto, Sarabia explica que una madre de día debe acreditar formación específica (en su caso, Psicología Educativa, además de formación en pedagogías activas), estar registrada, tener seguros, documentación en regla, formación en primeros auxilios pediátricos y manipulación de alimentos, y cumplir medidas de seguridad en la casa. “Mucha gente se piensa de primeras que es una cuidadora de niños y ya. Y no, aquí hay muchísimo más detrás”, defiende.

Blanca Anasagasti, presidenta de la Red Nacional de Madres y Padres de Día, explica que en las comunidades sin regulación propia hay proyectos activos que se autorregulan tomando como referencia las normativas de Madrid y Navarra, muchas veces apoyados en asociaciones autonómicas o en la propia Red. Pero ese respaldo, insiste, no sustituye a una norma común. “Necesitamos una regulación estatal. Y si no, qué mínimo que haya una regulación en las comunidades autónomas donde aún no la hay”, reclama. La falta de regulación, resume, deja expuestas tanto a las profesionales como a las familias: “Es una desprotección absoluta”.

En Olocau, en la provincia de Valencia, Érica Moreno Tarjuelo, pedagoga y creadora de La casita del duende, define su profesión como una opción “no ilegal, pero sí alegal”. En la práctica, explica, esa falta de marco afecta también a la visibilidad: “Que no haya regulación en tu comunidad autónoma hace que las familias no te conozcan”. Por eso ella trabaja mirando a los territorios donde sí hay normativa: “Nos autoregulamos con las compis que sí que tienen un ley”, afirma. Tiene preparado un dossier y trabaja en su proyecto “como si fuese a venir cualquier día una inspección”, sostiene

Algo parecido ocurre en la provincia de Barcelona, donde Anna Vilarroig Miguel está al frente de Mare Selva desde hace dos años y medio. Para ella, las asociaciones cumplen una función clave en ese vacío: “Formar parte de una asociación da más validez, más fuerza a tu proyecto”. También, añade, permiten no sentirse sola. “Te sientes un poco más amparada”. En su experiencia, “las familias que buscan este tipo de proyectos ya saben dónde van”, pero aun así considera fundamental la red profesional: “Hacen una labor muy grande porque te conectan con otras personas que están haciendo lo mismo que tú y eso es un apoyo muy grande”.

Ahora bien, Anasagasti también subraya que la regulación no agota por sí sola la confianza. En un proyecto que sucede dentro de una casa, las familias necesitan entrar, ver y acompañar la adaptación. “Nuestra forma de trabajar es muy clara y transparente, nuestros hogares son abiertos”, sostiene. “Las familias vienen aquí todos los días, hay un tiempo de adaptación, de vinculación en el que pasamos mucho tiempo juntos. Y ahí es donde se construye este vínculo de confianza”.

Por eso rechaza que el debate se plantee como una competencia con las escuelas infantiles. “No somos competencia, somos opciones diferentes de cuidado, todas poniendo el centro en la infancia”, sostiene. Para Anasagasti, la clave de este modelo está en dar continuidad al hogar cuando las madres y los padres tienen que salir a trabajar. En Mi Luna Creciente, Sarabia lo cuenta de una forma más cotidiana: “La madre de día al final es como una segunda madre. Es como si fueran mis niños: les duermo en brazos, les doy de comer, les amo”, resume.

La usencia de un marco regulatorio se extiende también a las tarifas aplicadas por este servicio, que son fijadas por las propias profesionales en función de su formación, de las horas de atención demandadas por cada familia y de si estas aportan o no la comida para el bebé durante su estancia con la madre de día.

Mientras las escuelas infantiles públicas pueden ser gratuita o tener cuotas reducidas según la comunidad autónoma y la renta familiar, recurrir a una escuela infantil privada (normalmente por falta de plazas en las anteriores) o hacerlo a una madre de día (mayoritariamente por la preferencia de este modelo educativo), va a encarecer algo más el presupuesto familiar. En España, una madre de día suele costar entre 400 y 600 € al mes por jornada completa, aunque en ciudades como Madrid y Barcelona algunas pueden situarse por encima de esa cifra, en línea con lo que cuesta una escuela privada. Eso sí, estas profesionales ofrecen grupos mucho más reducidos (de entre tres o cuatro bebés), una atención personalizada y un ambiente hogareño.

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