Los amigos que solo existen cuando llamas tú

Nunca borro del móvil el número de alguien que se ha muerto. Me parece una especie de segundo entierro, una forma administrativa de aceptar la realidad. Como si después de despedirlo en el cementerio tuviera que rematar la faena pulsando «eliminar contacto». Así que conservo números a los que ya no me va a contestar nadie. Supongo que es mi manera de concederle una prórroga al recuerdo.

Lo curioso es que también guardo los teléfonos de mucha gente que, sin haber fallecido todavía, lleva años con un silencio digno de cualquier sepulcro. Son personas con las que hablaba a menudo hasta que un día dejé de llamar yo, y no volvimos a hablar nunca. A lo mejor les ha pasado alguna vez también a ustedes. Al principio pensaba que estarían ocupadas. Después, que atravesaban una mala racha. Finalmente comprendí que nuestra amistad funcionaba por intereses comunes y que, en algún momento, yo había dejado de ser parte de los suyos.

Hay también relaciones que parecen amistades, pero en realidad son simples recordatorios de fechas. Conservo chats en los que únicamente se suceden felicitaciones de cumpleaños recíprocas. También hay quien te dice aquello de “tenemos que vernos”. Una maravillosa frase cuya esperanza oculta es que ninguno de los dos se lo tome en serio. Tengo un amigo que lleva desde que acabó la universidad proponiéndome un café. A estas alturas, cuando quedemos, tendremos que pedirlo descafeinado por el riesgo cardiovascular.

Pero sería injusto confundir el silencio con el olvido. También tengo amigos con los que puedo pasar meses sin hablar y que siguen estando exactamente donde los dejé. No necesitan mantenimiento ni pasar una ITV sentimental. Cuando nos encontramos, continuamos una conversación interrumpida años atrás. Son amistades que no se cuentan por llamadas, sino por la certeza de saber que están ahí. Y ellos saben que yo también estoy. Nos vemos en las comuniones de sus hijos, en cenas agendadas en torno a aniversarios o a través de un simple mensaje de WhatsApp, sin que ninguno tenga que justificar sus ausencias.

Con los años he aprendido que la agenda de mi teléfono es un cementerio bastante concurrido. Tengo muertos que siguen vivos, vivos que ya no están y ausentes que siempre van a volver. Por eso pienso continuar sin borrar ningún número, porque uno acaba descubriendo que hay amigos que no llaman nunca, otros que siempre contestan y algunos que, cuando de verdad los necesitas, aparecen antes de que tengas tiempo de buscar su número.