Deje el extintor y tómese un café

Pónganse cómodos y sírvanse lo que quieran, les dice a los bomberos el protagonista de la obra de Miguel Mihura y Tono Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario. Abelardo es un millonario que pretende empobrecerse para que no lo quieran por su dinero. Así que prende fuego a su casa y pide a los bomberos que no tengan prisa en apagarlo.

El acceso, prohibitivo o imposible, a la vivienda para muchos españoles es un drama que afecta a la compra y al alquiler, y de manera especial a los jóvenes. Pero la manera de abordarlo del Gobierno en este abrupto final de legislatura tiene tintes de teatro del absurdo. Hemos vivido estos años muchos anuncios… pero todos tenían letra pequeña o se materializaban muy lentamente. Y la falta de entendimiento entre las comunidades autónomas gobernadas por el PP con el Ejecutivo del PSOE tampoco ha ayudado. Ahora, el malestar generado por el desahucio de la anciana Maricarmen Abascal ha aflorado en forma de manifestaciones y acampadas. (Y también en forma de una inédita huelga general en vísperas de la campaña electoral, contra la oposición, según la socialista María Jesús Montero, que ha obligado a los líderes de los sindicatos mayoritarios a dejar el café y aplicarse a la labor de los bomberos).

El Gobierno, que había actuado también como el tranquilo Abelardo de la obra teatral, ha decidido que es hora de apagar el fuego y también de intentar aprovechar la movilización de la izquierda. De ahí han venido los decretos exprés, rechazados por PP, Vox… y Junts, la convocatoria electoral en 2026 que había sido negada reiteradamente por Pedro Sánchez, y la maniobra legal, pero en el filo de la ética, la estética y la lógica democrática, de llevarlos a la Diputación Permanente del Congreso, que enmendará al propio Parlamento. Así cumplirá el presidente el sueño de quién podría aprobar el examen suspendido, llegar a la cita que perdió, o coger el tren que le dejó en el andén, eso sí, en el filo de los usos y costumbres parlamentarias.

Urge responder con presteza al acuciante problema de vivienda. Pero es muy difícil no lamentar las formas y criticar el retraso en responder a un diagnóstico claro. El Banco de España alerta hace tiempo de que hay un déficit de viviendas cercano al millón. La crisis habitacional se presentó en 2023 como asunto central en la campaña, cuando ya se sabía que España estaba en el furgón de cola de Europa en vivienda social, para comprar y para alquilar. El presidente Sánchez ya había prometido en Mérida en 2021 la construcción de 100.000 viviendas, un tercio para alquiler joven… Luego, en la campaña de 2023 se anunciaron 50.000 pisos de la Sareb, que quedaron en una disponibilidad de 21.000, gran parte lejos de las ciudades donde el problema es mayor.

Así que al próximo gobierno le tocará resolver un problema complejo, sobre el que los españoles tienen las ideas bastante claras: la mayoría de los consultados en los sondeos –que tiene sus divergencias con la ‘mayoría social’ que contrapone estos días el presidente frente al Parlamento- cree que hay que construir más y que hay que proteger a los propietarios (muchos de ellos, pequeños, frente a la minoría de los llamados fondos buitre) de los impagos, y también limitar el precio del alquiler y dar ventajas fiscales a los arrendadores. Estas peticiones coexisten con las demandas para proteger a los desahuciados vulnerables y establecer limitaciones a los abusos en el alquiler de habitaciones y los usos turísticos. Combinar todos los factores exige diálogo, coordinación, agilidad y una mirada planificadora que vea a corto, medio y largo plazo.