A poco que uno, por trabajo o por vicio, haya estado atento a las noticias de la industria, habrá llegado a La Odisea más hecho polvo que su protagonista a Ítaca, y es posible que igual de harto de todo: como mandan los cánones, la película de Christopher Nolan ha despertado una tempestad de estupidez, con cierto ricachón de brazo tenso haciendo de Polifemo y, en el rol de lestrigones de AliExpress, presuntos defensores de lo clásico que no pasan de Arno Breker o Juan de Ávalos.
En medio de tal desmadre, al que hay que sumar los elogios a priori e inagotables andanadas del marketing, perder la perspectiva es fácil: menos mal que los materiales de la película están muy por encima de esas sandeces, y Nolan no va a dejar que se nos olvide.
Modesto como siempre, el inglés figura aquí como auteur, firmando el guion en solitario por primera vez desde su debut Following (1998) y acreditando a Homero como autor del original. Una osadía olímpica que, choteo aparte, se hace justificable al ver lo empeñado que está Nolan por encajar todas las piezas del puzle.
Si tienes las aventuras de Odiseo (Matt Damon) frescas en la cabeza, resulta fascinante la pasión con la que esta película las traduce al idioma del blockbuster, podando algunas veces e injertando otras, pero nunca haciendo de menos. Algo que tiene mérito tanto en lo aparente (el tío no se ha olvidado ni de los lotófagos) como en lo profundo, desde las cicatrices de Troya hasta una Penélope (Anne Hathaway) que no es ni santa ni mártir o ese Telémaco (Tom Holland) con mucho de niñato quejica.
La fricción, sin embargo, sigue ahí, porque una vaca sagrada del cine-espectáculo y los bardos errantes de la antigua Grecia nunca van a entenderse del todo: como mucho, podemos esperar que el roce sirva para algo.
De la pesadilla a la solemnidad
Ese roce sirve, mira por dónde, para comprobar que el director lo da todo en los momentos cercanos a la pesadilla, empezando por la cueva del cíclope, pasando por esa Escila que diríase de Lovecraft y culminando en la aparición de Samantha Morton como una Circe que no una femme fatale, sino heraldo del body horror y comadre de los muertos.
Nolan, un señor conservador y racional que va al plató con traje, acierta cuando mantiene los espantos en penumbra para no embarrarse en explicaciones, se viene arriba aprovechando tretas estructurales que ya estaban ahí hace milenios (desde los flashbacks encadenados al narrador no fiable, el poema se lo pone fácil) y encuentra la horma de su zapato cuando se pone solemne.
Porque la Odisea del siglo VIII antes de Cristo ya es, a su manera, un blockbuster creado para transmitir memoria y valores, pero también para entretener. Y en ella, además de suspense, horror y venganza, hay costumbrismo, humor y otras cosas que al director se le escapan de las manos desde los días de Memento.
Así, la ausencia de estos elementos chirría tanto como ese diseño de producción tan serio y acorazado, las alusiones históricas que ni pinchan ni cortan y algunos diálogos de cartón piedra. Aunque supiéramos desde el principio que pedirle a Nolan locura, visceralidad y jolgorio (como Fellini en Satiricón, el Pasolini de Edipo y Medea o ese Ray Harryhausen que nos subió a lomos de Pegaso) era pedirle peras al olmo.
Así pues, esta película no es ni un atentado contra los pilares de Occidente (ojalá) ni una obra maestra inapelable. Sí es, en cambio, una vuelta más a elementos que ya eran viejos hace tres mil años: el hijo que busca a su padre, la mujer cuyo valor nadie reconoce, las historias que se miran entre sí, la imposibilidad de un auténtico regreso a casa. Es cuando acepta esa realidad que La Odisea se vuelve la obra más atrevida de Nolan, y puede que también la más sincera.

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