Ceuta: la deshumanización humanitaria

No. No es un escándalo más. No es una simple chapuza que se suma a la larga lista de las cometidas en los últimos ocho años por el huésped de La Moncloa. No estamos, en fin, ante otra más de las pifias del sanchismo.

Lo que el Gobierno está haciendo con Ceuta es algo insólito e inédito, algo de una extraordinaria gravedad incluso para su ya negro historial de vilezas. Hay algo en lo que se ha atrevido a ir mucho más lejos que en todos los anteriores desastres: la fría, premeditada y criminal ralentización del auxilio que reclama una comunidad de ciudadanos repentinamente sometida a una amenaza en su seguridad, a una violenta degradación de su vida cotidiana y a una carencia de necesidades básicas que no tiene precedentes.

Ni tras la tragedia ferroviaria de Adamuz en este presente año de 2026, ni tras el apagón eléctrico de 2025, ni en la DANA de Valencia de 2024, ni siquiera durante la pandemia de 2020, habíamos asistido a una impasibilidad semejante.

Es evidente que el comportamiento oficial ante todas esas calamidades ha respondido a un mismo ‘modus operandi’: primero ignorando los informes que advertían del peligro; después reaccionando con pasividad; luego mintiendo y, finalmente, buscando a quién señalar como culpable. Pero en ninguno de esos casos se había llegado a este grado tan alto de inacción, de negación de socorro y de dilatación calculada en la respuesta. Estirar hasta lo insoportable esa situación, como está haciendo el Gobierno; dosificar unas medidas de alarma que debían ser plenas y urgentes; poner parches a medio gas y decirles a los asediados habitantes de esa ciudad autónoma que la normalidad no llegará hasta diciembre es un ejercicio de deshumanización escandaloso.

No. No es una más. Estamos ante un fenómeno que trasciende de sí mismo, de lo episódico, lo concreto, lo circunstancial, para inscribirse incluso en un plano filosófico. Estamos ante una vuelta de tuerca de los bodrios que nos depara la posmodernidad. Estamos ante la deshumanización en nombre del humanitarismo. Esta es la paradoja sangrante.

La intervención de Yolanda Díaz en el Congreso de Diputados gritando teatralmente “¡Son niños!” escenifica de manera bien gráfica esa flagrante contradicción. Al parecer, no son niños los escolares ceutíes que no pueden asistir a los colegios ni pueden salir de sus domicilios si no es escoltados. Y no es culpable el Gobierno marroquí, que ha arrojado a ese colectivo infantil como fuerza de choque contra el suelo español con un obvio objetivo político.