Hubo un tiempo en que los españoles íbamos a las urnas con dos únicas dudas. La primera era si ganaría el PSOE o el PP. La segunda, si quien ganara lo haría por mayoría absoluta o necesitaría el mínimo apoyo de algún partido menor (CiU o PNV). Eran aquellos tiempos, tan denostados por algunos, del bipartidismo, cuando nadie pensaba en gobiernos de coalición, porque tal cosa no ocurría.
Así gobernaron la UCD de Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo, el PSOE de Felipe González, el PP de José María Aznar, el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, y el PP de Mariano Rajoy. También lo hizo el PSOE de Pedro Sánchez durante un año y medio, aunque en circunstancias muy distintas, propias de acrobacias circenses. Porque gobernar en solitario con 84 diputados de 350 es legal, pero se aleja de la lógica. De hecho, gobernar en sentido estricto sería exagerar la observación. Decir que estaba en el poder se acerca más a la realidad de los hechos.
Sánchez inauguró una novedosa forma de instalarse en Moncloa. Primero, mediante una moción de censura improbable pero exitosa. Segundo, con gobiernos de coalición con Podemos y después con Sumar, que ni siquiera así alcanzaban la mayoría absoluta del Congreso, y eso le obligaba a pactar apoyos con los otros pedazos del Frankenstein, en feliz y realista definición de Alfredo Pérez Rubalcaba.
Era el fruto inevitable de una decisión revolucionaria, adoptada por los españoles en las elecciones de 2015: destruir el sistema bipartidista de la Transición –con un partido de centro derecha y otro de centro izquierda–, por otro de cuatro partidos: PSOE, PP, Podemos y Ciudadanos. Luego se amplió a cinco, con la irrupción de Vox, y volvió a ser de cuatro con la prematura defunción de Ciudadanos.
Ahora, el país se reparte entre PSOE, PP, Vox y Frente Amplio, con otros apéndices como la empresa familiar de Podemos, la novedosa Esquerra Republicana con Gabriel Rufián como líder de la extrema izquierda nacional española, el PNV de derecha decimonónica nacionalista que no sabe si apoya al PSOE o deja de apoyarlo, pero sí lo apoya, el partido del prófugo Puigdemont que quiere ser más ultra que los ultras xenófobos y racistas de Aliança Catalana, el partido de Arnaldo Otegi que lleva en sus listas a tres terroristas de ETA, y en este plan.
Sabemos que PP y Vox gobernarán en coalición si suman más de 176 escaños, y pactarán políticas de derechas y muy de derechas. Pero ¿qué hará Pedro Sánchez si PP y Vox no alcanzan la mayoría absoluta? Para ser presidente en 2023, Sánchez erigió el muro, al gusto de la extrema izquierda, y entregó la amnistía, al gusto de los independentistas. Ahora, ¿qué podría ofrecer a Puigdemont y a Junqueras? No es tan difícil de adivinar.

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