La dana de hace dos años

La enorme imprevisión y la demostrada negligencia sufridas en la dana de octubre de 2024 se las llevó el tiempo. Otro tanto sucedió tras la pantanada de Tous el 20 de octubre de 1982, que se cobró una treintena de vidas y asoló toda la ribera del Júcar. El olvido no lo es en quienes sufrieron sus efectos, lloran ausencias y perdieron ilusiones; pero los daños físicos y morales no cotizan en el mensaje de las administraciones. Además, a los damnificados les quedó una devastación económica, la mayor parte sin compensación.

Dos años después, varios responsables de la mala gobernanza siguen sin culpabilidad asignada; algunos continúan cobrando dineros públicos. La justicia camina lentamente mientras la injusticia anida en la cultura de la indiferencia climática: “Son cosas que pasan”, se dice para banalizar las responsabilidades. La mayor parte de los partidos políticos orillan estas menudencias sociales. Quienes ahora mismo gobiernan en esa comunidad son sostenidos por la ideología de los negacionistas de la extrema derecha. Luego, alguna responsabilidad tendrán en la falta de acción comprometida. ¿Puede la justicia actuar de forma preventiva?, dado que España exhibe en muchos lugares una vulnerabilidad crítica. En una democracia se supone que debería ser posible.

Seguro que hace unos días todos los habitantes de aquellas tierras han recordado los desastres pasados hace dos años. Afortunadamente, en esta ocasión se hizo caso a las previsiones de la Aemet y se adoptaron medidas de protección. Recordemos que en la anterior dana responsables políticos de la Comunitat Valenciana culpabilizaron a la Agencia Española de Meteorología (AEMET) de los desastres causados. Se sabe que ellos “congelaron” el envío de alertas a la población, que la Aemet aconsejó. Doscientas treinta y tres personas sucumbieron ante este silencio. No cabe ninguna duda de que muchas pudieron salvarse si hubieran sido avisadas de los riesgos.

Sabíamos que en este otoño algo catastrófico iba a suceder junto a un mar sobrecalentado, tras el verano más cálido en España desde 1869. Mucho más calor y bastante más humedad generan perturbaciones severas si interactúan con aire frío en las capas altas. En esta ocasión, cuando Aemet avisó de los posibles efectos de la dana Adam, la Generalitat envió alertas previas con contundentes y detalladas recomendaciones que se iban actualizando, incluso previendo el peor escenario, que se vio en localidades como Oliva, pero no solo. Unas 800.000 personas fueron confinadas; 100 000 estudiantes se quedaron sin clase. Funcionaron los servicios de auxilio, a pesar de las grandes dificultades.

La población, escarmentada en daños ajenos, supo leer la gravedad del momento. Si pensáramos en positivo, veríamos una cierta cultura del riesgo; o simplemente no se ha minimizado este, lo cual deja a la reparación demasiados peajes. Quizás han sentido que la inacción no gestiona incertidumbres. Mientras tanto, cientos de miles de personas viven en zonas inundables.

Habrá que preguntarse cómo serán las danas de dentro de un tiempo; quizás este mismo otoño, aunque no repitan las cuantiosas precipitaciones en los mismos lugares. Se sabe que llegarán; ¿quién acierta a prever con qué magnitudes aparecerán? Habrá que ver cómo se les hace frente; serán necesarios severos y detallados protocolos. Debemos admitir de una vez que la emisión de ciertas partículas al aire incrementa los riesgos meteorológicos, ya que son climáticos. Leo que la ONU ya da por perdido el objetivo +1,5 ºC para el calentamiento global.

Por eso mismo, ahora es el momento de reflexionar sobre la cultura del riesgo, por descifrar las condiciones ambientales que marcan nuestra existencia. Servirá para valorar si el hecho de que seamos grandes deterioradores de la naturaleza, sobre la cual hemos acumulado variables de riesgo para las personas, nos hace ser superiores y nos salva de sus posibles bandazos. En esta ocasión los políticos y la ciudadanía han reaccionado, acaso con miedo o quizás por responsabilidad. Lloverá donde sea y caerán los litros que sea; la naturaleza es libre para expresarse en su entropía continuada. En ella no hay que buscar premios ni castigos, sino una convivencia construida desde el respeto a su permanente variabilidad.