“Aquí nos ha ido muy bien. Ya os contaré. Me llevó Wells a ver su película. El tiempo, aunque nublado, excelente”. El Wells de la frase era el autor H. G. Wells, el autor de El hombre invisible, y quien la escribía se llamaba Miguel de Unamuno, que en 1936, unos meses antes de que todo estallara por los aires, visitaba Inglaterra por su nombramiento como doctor honoris causa por Oxford; Wells le había enviado una invitación para cenar en su casa el 28 de febrero y ver luego Things to Come, La vida futura, escrita por el propio Wells. Y allá que se fueron Unamuno y H. G. Wells al cine juntos, en Londres.
Lo sabíamos desde 2025 por una carta inédita del archivo de la Casa-Museo Unamuno, fechada el 2 de marzo de 1936 y dirigida a sus hijos, pero faltaba probar que Unamuno había aceptado. “Ya os contaré”. En plena fiebre por La bola negra no viene mal que veamos de nuevo Mientras dure la guerra. Son raras las películas españolas dedicadas a escritores, aprovechemos ahora.
La posteridad muestra muy mala educación. Queremos saber las manías de Virginia Woolf, a quién amaba Cervantes, si Pessoa llegaba puntual a sus citas en el café, cuánto bebía Hemingway (mucho) o el nombre de los perritos de Agatha Christie. Nos interesan las cartas privadas, las habitaciones intactas, con las sábanas aún revueltas, las deudas, los amores torturados. Cada vez más a menudo el fetichismo lector convierte aquello que el autor tocó en una reliquia. Qué más da que en vida el escritor se esmerara en construir un personaje elegante, trágico, excéntrico, maldito. Que aprendiera qué anécdota repetir en una conferencia, como hacía Wilde, cómo posar, como Nothomb, qué parte de la biografía conviene obviar.
Algunos nos mitificamos con tanta diligencia que, si pudiéramos, redactaríamos de antemano la biografía póstuma, negociaríamos un prolijo derecho de edición. Pero el lector se mueve en dirección contraria y desmonta el decorado, no tanto para rebajar al escritor como para acercarse a él. La grandeza convive con unas zapatillas viejas y una carta inconveniente, incluso las necesita. Sin esas grietas, los autores quedan prisioneros de los manuales, y con ellas se entrelazan con el mundo donde también nosotros perdemos paraguas, llegamos tarde al café y comentamos una película al salir del cine.
Por eso sonrío cuando imagino a Unamuno y a Wells sentados en la oscuridad de una sala londinense, sin grandilocuencia, dos hombres viendo una película. Dos rebeldes rutinarios. En realidad, cuando los rebeldes sobreviven lo suficiente se convierten, para el horror de algunos y el beneficio de todos, en clásicos.

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