Desde el estreno de Gru, mi villano favorito, hace ya década y media, los Minions han sido figuras omnipresentes en la cultura pop. Esto, de forma gradual, ha implicado cierta autoconsciencia en la industria: es ya una anécdota célebre entre animadores que Sergio Pablos (el cual, muchos años antes de dirigir la magnífica Klaus, ideó la premisa original de Gru) contaba con un aviso en su página web destacando cómicamente “¡os prometo que no tuve nada que ver con los Minions!”.
Una de las jugadas más perspicaces de Minions & Monsters, quizá la mejor entrega de esta saga desde mínimo la original de 2010, es que abraza al fin esa autoconsciencia. Si los Minions se han vuelto ineludibles en el mundo del cine, además del buque insignia del estudio Illumination, la película decide adoptar eso como premisa absoluta, mostrándonos como estas alocadas criaturas amarillas conquistaron el Hollywood clásico.
¡Y tiene sentido! Si las creaciones del animador Pierre Coffin (que aquí, además de dirigir, coescribe por primera vez) han calado tanto entre el público, es porque apelan a una comedia universal basada en un slapstick mudo perfectamente accesible para cualquier franja de edad. Y esto se debe en gran parte a sus legendarios referentes, de Chaplin a Lloyd y a Keaton, todos ellos homenajeados de forma explícita en el primer acto.
Es allí donde la película brilla más que nunca, culminando en una hilarante llegada del cine sonoro que enorgullecería a Stanley Donen y Gene Kelly. Tras ello, sus referentes se vuelven más y más relevantes para la trama principal, con mayor o menor éxito: su lado monster movie, pese a darle título (y a dar pie a la presencia de un afable Cthulhu con la voz del Trey Parker de South Park), nunca parece ser el interés principal de sus responsables; mientras que una curiosa subtrama que guiña un ojo a Ultimátum a la Tierra aporta momentos inconexos, pero también ingeniosos.
Sin embargo, y aunque nunca aspira a ser más que un entretenimiento veraniego de primera categoría (¡y ya hay mérito genuino en algo así!), sí podemos encontrar en ella un sincero homenaje al valor de la experiencia fílmica comunal.
Lo más parecido a un clímax emocional que esta película termina planteando es, simple y llanamente, a un montón de personas disfrutando al mismo tiempo de la proyección de un largometraje. Y eso es justo lo que un pase de la propia Minions & Monsters nos ofrece. Si la intención era abrazar la autoconsciencia, pocas formas más apropiadas se me ocurren.

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