Se acercan las dos de la madrugada y este nuevo cambio de hora simbolizará para cada uno de nosotros experiencias muy distintas.
Mis recuerdos siempre me retrotraen a la infancia, a mi abuelo frente al reloj de madera colgado en la pared y, después, recorriendo cada habitación para procurar no olvidar ninguno. A la mañana siguiente, el reto era encontrar a aquel despistado de la familia que había olvidado el cambio de hora.
¿Quién no ha llevado durante días el reloj de pulsera adelantado sin darse cuenta? ¿Cuántos no llegaron tarde a una comida familiar y culparon al cambio horario? Todo esto hoy resulta impensable: nuestros dispositivos digitales se adelantan a nosotros y, a veces, cuesta saber si ya se ha producido o no el cambio de hora.
Hace tan solo un año creíamos enfrentarnos al último atraso de nuestros relojes y este país se afanaba en el dilema de si nos quedábamos con el horario GMT+1, conocido como horario de invierno, o con el GMT+2, nuestro anhelado horario de verano. No es la primera vez, ni seguramente será la última, que el país se verá envuelto en esta discusión.
La Comisión Europea acordó en 2018 acabar con el cambio de hora y, como era de esperar, las diferencias culturales, geográficas y de hábitos de vida entre los europeos han imposibilitado que la medida llegue a término. Contamos con tres husos horarios en el viejo continente y la competencia para adoptar uno u otro corresponde a los Estados miembros. Muchos de nuestros jóvenes seguramente desconozcan que España adoptó la hora de Berlín en lugar de la de Londres, a pesar de nuestra posición respecto al meridiano de Greenwich, que sí comparten nuestros vecinos de Portugal y nuestras islas Canarias. Fue una decisión del franquismo, tomada en 1940, cuyos motivos huelga analizar.
Desde 2018 han sido muchos los informes y estudios de científicos y analistas que atribuyen más ventajas al horario de invierno y apuestan decididamente por esa opción. No se aprecia un verdadero ahorro energético derivado del cambio de hora y sí beneficios para el sueño, el descanso e incluso la salud mental cuando acompasamos las horas de luz con nuestros hábitos de vida.
El informe encargado por la Comisión Europea, que verá la luz en diciembre, dudo que consiga zanjar la polémica. Recientemente, en abril de este año, el CIS preguntó a los españoles sobre los cambios de hora y una amplísima mayoría se mostró en contra de seguir manteniéndolos. En cambio, seis de cada diez españoles se decantaban, en el mismo estudio, por mantener el horario de verano.
Resulta llamativo que, a pesar del debate que se mantuvo en este país durante el último trimestre de 2025, ningún representante público de los que manifestaban su voluntad de acabar con los cambios de hora reconociera cuál debía ser el horario elegido. La razón parece clara: los españoles, ante la disyuntiva de apostar por el reloj social o el reloj biológico, parecen decantarse por el primero.
Yo debo confesar que, desde hoy, cuento los días y las horas para que llegue el último fin de semana de marzo y, con él, las tardes largas de luz y sol. Ante esta dicotomía, me sumo a la mayoría, aunque entiendo que lo más beneficioso sería mantener el horario de invierno.
Soy del sur y eso pesa bastante.

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