La marcha por Maricarmen, fallecida este miércoles tras dos semanas ingresada en el hospital, ha avanzado este jueves por Madrid con un sonido poco habitual en una movilización de 20.000 personas, según la Delegación del Gobierno: el del silencio. Solo lo rompían, a ratos, el zumbido del helicóptero, las voces de los periodistas que narraban la escena y los cánticos que brotaban por oleadas desde la multitud. Delante, la cabecera del Sindicato de Inquilinas caminaba seria, en silencio, con sus chalecos naranjas y gesto de duelo. Detrás, una riada de gente acompañaba el recuerdo de una vecina convertida ya en símbolo de la lucha por la vivienda.
La manifestación arrancó a las 20.00 horas en la Puerta del Sol con Maricarmen abriendo simbólicamente el camino. Su fotografía, sostenida por una joven del Sindicato de Inquilinas, encabezaba la marcha junto a una corona de flores con un mensaje sencillo y doloroso: “Seguiremos luchando por ti. Te quiere, tu sindicato”. Desde los primeros pasos, la emoción fue imposible de disimular y las lágrimas se fueron sucediendo. A la altura de Cibeles, la joven que portaba el retrato rompió a llorar para después seguir avanzando, todavía con los ojos húmedos, sin soltar la imagen de la anciana.
Maricarmen murió apenas 24 horas antes, a los 87 años, en el Hospital Gregorio Marañón, donde permanecía ingresada desde que el 23 de septiembre fue desahuciada de la vivienda en la que había vivido durante más de siete décadas. Este jueves tenía previsto firmar un nuevo contrato que le habría permitido regresar a ella después del acuerdo alcanzado con la empresa propietaria del inmueble, Urbagestión Desarrollo e Inversión SL. No llegó a hacerlo.
Por eso, el acto tuvo más de despedida que de protesta. El frío obligaba a caminar encogidos dentro de chaquetas y abrigos, y la multitud, formada tanto por jóvenes como mayores y ancianos, avanzaba con una mezcla extraña de duelo y determinación. De vez en cuando, las consignas rompían el silencio —”No toleramos ni un desahucio más”, “Que viva la lucha de la clase obrera”, “De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue cueste lo que cueste”— y recorrían la manifestación como una sacudida. La marcha parecía avanzar así, a golpes de ruido y recogimiento, como si todavía no terminara de decidir si se había salido a protestar o a despedirse.
La diferencia se hacía más evidente al recorrer la manifestación de principio a fin. Tras la veintena de policías que abría el paso y custodiaba la marcha, los militantes del Sindicato de Inquilinas caminaban sin hablar y apenas coreaban las consignas, incluso cuando la multitud gritaba a su alrededor. Unos metros más atrás empezaban las conversaciones, los cánticos se hacían más frecuentes e incluso un grupo acompañaba con un bombo.
El tono comenzó a cambiar a medida que la marcha se acercaba al Retiro y la contención que había marcado todo el recorrido empezó a resquebrajarse al llegar a Sainz de Baranda. Ya en la última esquina, aparecieron pequeñas luces sobre las cabezas. Una, otra, decenas, cientos: eran las linternas de los teléfonos móviles levantados hacia la noche en recuerdo de Maricarmen. Al fondo todavía sobrevivía algún cántico, lejano, pero pronto quedó sepultado por una nueva ovación.
Y entonces la marcha entró en la calle de Maricarmen. Algo cambió allí, el duelo contenido durante kilómetros pareció soltarse de golpe. “No estamos todos, falta Maricarmen”, gritó alguien. La frase prendió entre los asistentes hasta llenar las aceras y llegaron más voces, más consignas y más aplausos. Como si haber alcanzado su casa hubiera dado permiso para sacar toda la rabia que hasta entonces habían llevado por dentro.
Sin embargo, los jóvenes del Sindicato de Inquilinas continuaban avanzando con el semblante grave, sin sumarse a los cánticos. En el número 46 ya esperaba gente antes de que la manifestación llegara y, cuando apareció por fin la cabecera, estalló un aplauso que parecía no terminar nunca. Pasaron cinco minutos mientras la fotografía avanzaba hacia el portal en el que Maricarmen había entrado y salido durante décadas.
Bajo uno de los árboles frente al edificio se encontraba un pequeño altar con velas encendidas, ramos de flores y cartas escritas a mano. Allí depositaron los miembros del sindicato la corona que habían llevado durante todo el camino. Y entonces apareció otro sonido, primero tímido, después extendido por toda la calle: el tintineo metálico de las llaves. Cientos de manos las agitaban en alto, convirtiendo uno de los objetos más cotidianos de cualquier casa en una forma de protesta.
Desde el sindicato pidieron bajar el volumen porque querían que aquel rincón fuese “un espacio bonito”, un lugar en el que despedirse de Maricarmen lejos por unos minutos de las consignas. No fue sencillo contener a una multitud que acababa de llegar con mucha emoción acumulada, pero poco a poco se abrió un pasillo hasta el altar y por él comenzó a pasar la gente.
Una mujer dejaba una vela y se apartaba. Otra se inclinaba para colocar unas flores entre las que ya cubrían el suelo. Algunas personas permanecían unos segundos quietas frente al altar antes de regresar con el resto. Había jóvenes y mayores, aunque eran muchas las mujeres. Algunas lloraban y otras se santiguaban. Entre el murmullo volvió a escucharse un cántico: “Esto sí es patriotismo”.
La sucesión de personas en el altar terminó cuando los asistentes se sentaron en el suelo alrededor del homenaje hasta formar un gran corro bajo los árboles. Frente a las velas y las flores se colocó un coro y durante varias canciones desaparecieron los gritos y las consignas, dejando paso a las voces del grupo. Por unos minutos, el final de la manifestación adquirió el aspecto de una vigilia improvisada frente a la casa de Maricarmen.
Ya cerca de las diez de la noche, Alicia del Río, portavoz del Sindicato de Inquilinas, tomó la palabra. “Hoy hemos marchado desde Sol hasta la casa de nuestra compañera de militancia y amiga, Mari Carmen”, señaló, y atribuyó la muerte de Maricarmen al “sistema rentista” y a quienes, según la organización, lo sostienen: los rentistas, las leyes que lo permiten, los gobiernos que las mantienen, la judicatura y la Policía encargada de ejecutar las órdenes. “Todos los cómplices del sistema rentista son los culpables de la muerte de Maricarmen”, proclamó.
El sindicato la recordó como una mujer “independiente y sin miedo” que terminó convirtiendo su propia casa en “una trinchera”. “Fue militante y fue familia. Fue cabezona y cariñosa, valiente y vulnerable”, leyó Del Río. Y la despedida llegó en una frase breve: “Hasta siempre, compañera Maricarmen. Eres familia y eres sindicato”.
A pocos metros del altar, varias personas empezaron a desplegar una enorme lona azul sobre el suelo con una imagen del rostro de Maricarmen y, sobre ella, una promesa: “No vamos a dejar de luchar”. La gente volvió a cerrar un círculo a su alrededor. Regresaron los gritos. “Aquí están los antifascistas”, corearon algunos mientras otros continuaban junto a las velas.
Habían pasado casi dos horas desde que la fotografía de Maricarmen salió de Sol. Había atravesado Alcalá, Cibeles y la Puerta de Alcalá hasta regresar, esta vez entre miles de personas, a la calle en la que había transcurrido toda su vida. El sindicato dio por concluida la convocatoria, pero las velas siguieron ardiendo bajo el árbol, las flores permanecieron amontonadas frente a su portal y la gente no quería irse. La manifestación había terminado. La despedida, no.

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