Observando la realidad, me pregunto: ¿Existirá la democracia dentro de 40 años o habrá sucumbido por completo? Seamos más o menos optimistas, cualquiera se queda unos segundos en silencio antes de responder.
La democracia fue como la joven y hermosa debutante que llegó tras la II Guerra Mundial. Apareció cuando la pista de baile estaba destruida, eran las seis de la mañana y solo quedaban los feos. Ella, lozana, ágil y segura, se abrió paso entre los escombros y bailó con muchos. Siempre hubo quien se resistió por incapacidad, orgullo o ignorancia, pero poco a poco fue conquistando a casi todos. A esa España franquista, a una Portugal que no vería la luz hasta la Revolución de los Claveles, a Polonia, Rumanía, Bulgaria, Corea del Sur… y tantos otros que sucumbieron a sus encantos.
Han pasado décadas y ha seguido en pie, bailando, manteniendo el tipo con pasos, eso sí, cada vez más lentos y esquivando las zancadillas de los que prefieren los desfiles militares a los bailes: del chachachá ha pasado al vals o al pasodoble agarrao por miedo a caerse. Hoy se le ven las arrugas, padece artritis y se nota vieja, pero resiste y sigue moviéndose.
El artista Carlos Aires representa esta agonía a la perfección en su exposición Bailad, bailad, malditos en la Nave 0 de Matadero Madrid, donde invita al visitante a una pista inmersiva, sumida en la oscuridad y sostenida por más de cien puntales metálicos. Es el retrato exacto de nuestros tiempos, un baile eufórico en mitad de la ruina.
El problema es que algunos están empeñados en dirigir el baile, en cambiarnos la música y obligarnos a seguir un ritmo frenético hasta dejarnos exhaustos, reproduciendo la crueldad de la célebre película de Sydney Pollack. Pretenden que muramos de agotamiento en su particular maratón de control. La deshumanización, el ansia de dinero y el populismo actúan como jueces implacables que no permiten descanso.
A la democracia hoy se le ven las arrugas, padece artritis y se nota vieja, pero resiste y sigue moviéndose
La escritora Emma Goldman dijo algo así como que la revolución será bailando o no será. Creo que seguiremos en la pista, pero no con su música, ni con su son ni con su ritmo autoritario. Frente a los que pretenden apuntalar el sistema con el miedo, el ciudadano debe reapropiarse del tempo. Salvar a la vieja reina del baile implica negarse a ser los ‘malditos’ dóciles del espectáculo ajeno, si la pista cae, que nos pille inventando nuestros propios pasos. Y si me preguntan, yo creo que sí, que dentro de 40 años seguiremos bailando con ella, eso solo si no nos han desahuciado del baile.

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