Azúcar en las estrellas

Esta semana hemos sabido que La Palma no albergará finalmente el Telescopio de Treinta Metros, la que creemos que será una de las grandes infraestructuras astronómicas del futuro; no ha podido ser. La candidatura del Roque de los Muchachos era sólida y fundamentada y España había puesto sobre la mesa una oferta de mil millones de euros, pero no ha bastado. Los socios del consorcio no alcanzaron el consenso necesario y el proyecto, concebido hace más de veinte años, se esfuma.

Siempre es una lástima que eso ocurra, y aún más cuando todavía no se ha esfumado el eco de otro hallazgo reciente: en una nube interestelar, cerca del centro de la Vía Láctea, los científicos detectaron eritrulosa, un azúcar de cuatro carbonos, el más complejo encontrado hasta ahora fuera del Sistema Solar.

¿Cómo puede ser que perdamos un telescopio justo cuando descubrimos que allí arriba, flotando en el espacio, hay azúcar? ¿Cómo puede ser que el universo, ajeno a nuestros consejos de administración, a los ánimos crispados, y los tambores de guerra fabrique moléculas sobre granos de polvo helado, reúna carbono, oxígeno e hidrógeno y deje por ahí, a miles de años luz, algo similar a lo que lo removemos con desgana en el café, una cucharadita, dos?

Cada descubrimiento de este tipo rebaja un poco nuestra soberbia, al menos la de los sabios. Para los estúpidos la soberbia sigue siendo una virtud capital. De esto podemos deducir que algunos de los ingredientes esenciales para la vida serían anteriores a la Tierra y habrían llegado no sabemos cómo. Durante siglos la Tierra giró en el centro del universo, luego emplazamos allí al Sol, después nuestra galaxia pasó a ser una arribista entre miles de millones y ahora ni siquiera los elementos que creíamos propios nos pertenecen.

Y en ese lento avance los telescopios nos fascinan porque no solo suponen una inversión millonaria, no solo precisan de una inteligencia extraordinaria para su manejo. Refuerzan, en cierta manera, nuestro desarrollo, la sofisticación de una cultura y una época capaz de construirlos, un ojo sin cíclope que, una vez abierto, nos confirma que nada somos y que el universo ni siquiera advierte nuestra presencia.

Sin ese ojo, La Palma seguirá mirando al cielo, como hizo mucho antes de que apareciera el proyecto TMT y como lo hará cuando este conflicto no sea más que una anécdota. Pero ahora que sé que hay azúcar entre las estrellas, no sé por qué, el cosmos me parece más amable.