Ante la indiferencia de algunos y el estremecimiento de otros, Madrid es un ejemplo perfecto de la relación fraternal que existe entre el amor y el odio por algo. En las últimas décadas, la capital de España se ha convertido en un impudente taller de experimentación sociológica que discurre entre el despojo y la abundancia. Hay una obsesión fratricida por agradar a los millonarios extranjeros antes que a los madrileños de toda la vida. Por eso, entre la fascinación del visitante temporal, de escuela de negocios o de préstamo de vivienda de un piso de lujo en la milla de oro, se está abriendo de una manera voluptuosa una sensación de hastío, que el político en su burbuja no es capaz de admitir.
Nada queda, a salvo de alguna impostura festiva, del manolo de Lavapiés, ni de las zarzuelas ni de los chotis en los que el chulo Pichi ya castigaba en 1931. A cambio, se ha impuesto una chulería de nuevo rico, que ha sustituido la vanguardia del proletariado por la vanguardia del adinerado. De los serenos no queda nada, sustituidos por las serenatas de los mariachis que circulan, imbuidos de su flamante riqueza, entre Velázquez y Serrano. Ya no se tararea, por mucho que no lo sepa Shakira, el chotis de Agustín Lara, sino que ahora se canta, con voz atiplada en cualquier esquina, entre fajos de billetes engomados, “La bikina” de Luis Miguel.
Ya no cubren sus testas los albañiles con gorras de la Caja Rural, porque las gorras ahora son complemento existencial de los que vuelan semanalmente en business de Buenos Aires a Madrid. Ya no lucen el pecho los trabajadores que cavan en las infinitas trincheras de las obras de la capital, porque a ellos se les aplican las ordenanzas. Ahora lucen pecho, porque las ordenanzas no van con ellos, los multimillonarios sin trabajo que corren a cada hora por el Retiro, como si la ronda central del parque fuese Miami Beach o el paseo marítimo de Tel Aviv.
Del Madriz de noches sin sueño en la calle Barquillo, de Ceesepe, del Hortelano o de García-Alix, ya no queda más que exposiciones que alimentan por partes iguales la nostalgia y el bolsillo de aquellos que venían a cambiar el mundo. Cada vez hay menos virtud y hay más pecado. Cada vez hay más cuerpo de ciudad, donde antes solo había alma. Madrid ha dejado de ser rebelde para convertirse en un circuito de carreras, el nuevo Madring. Ni el anarquismo de Pío Baroja ni la ceguera de Alejandro Sawa tienen ya espacio en esta ciudad invisible. Tan invisible que mientras los ricos desandan la noche en los clubes del nuevo cruce de Alcalá y Gran Vía, familias enteras de rumanos vierten sus cuerpos sobre cartones para encender un hornillo a la salida de cualquier musical, o a dormitar su indigencia entre bostezos. Todo eso y más es Madrid, aunque algunos no quieran reconocerlo.

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