“Los anuncios de empleo buscan ejecutivos agresivos, los magos preferimos a la gente con imaginación”, exclamaba Juan Tamariz cuando aparecía por la escalera luminosa de Un, dos, tres… responda otra vez, programa del que fue habitual como mago y antes como el antagonista “tacañón” Don Estrecho.
Cuando pronunció aquella proclama, el director y alma del concurso de TVE, Chicho Ibáñez Serrador, apuntó con la cámara a su presentadora Mayra Gómez Kemp. Ella dejó de reír y asintió con rostro reflexivo, digiriéndonos la magnitud de aquello que todos acabábamos de escuchar.
Tamariz buscaba voluntarios con la mente abierta para que experimentaran su magia de cerca. A él no le gustaba la palabra “truco”, pues suena a engañar. Siempre prefirió “juego”, que remite a ese ejercicio de complicidad del que siempre fue maestro. Con su baraja, con su cochecito rojo, con su tapete verde y con su maravilloso sarcasmo, repleto de filosofía. Esa es la mejor prestidigitación, la que hace pensar a la vez que nos preguntamos “cómo lo habrá hecho”.
“Siempre hay alguien que está más pendiente de destripar dónde está el secreto del juego. Pero, en ese caso, siento una cierta compasión o pena por esa persona. Porque, mientras los demás disfrutan, él frunce el ceño. Y si no hay ilusión, no hay nada”. Juan Tamariz delataba, frente a la curiosidad de Jesús Quintero, a los resabiados que se creen los más listos y están demostrando ser los más pringados. “Conspiranoicos” lo llaman ahora.
Tamariz estudió la Licenciatura en Ciencias Físicas, después saltó a la Escuela Oficial de Cine. Lo que le ayudó a entender con más destreza el poder del primer plano. Su paso por la televisión fue esencial para alcanzar aquella popularidad. En TVE llegó a protagonizar programas que consagraron la magia como parte esencial de nuestra cultura: Por arte de magia y Magia Potagia, este junto a Pepe Carroll. Hoy son dos clásicos que representan aquellos ochenta en los que la tele sabía salirse del guion de lo pronosticable y confiar en autores de distintas disciplinas del arte visual. También participó en espacios juveniles como el osado Cajón Desastre que nos despertaba el espíritu crítico cuando pegábamos el estirón.
“Mi oficio consiste en estudiar lo más posible, ensayar lo más posible, entrenar lo más posible para que la mayoría de la gente quede ilusionada”. Lo logró. Sirvieron sus ocho horas de práctica diaria. En aquella España, que todavía pensaba en blanco y negro, Juan Tamariz empezó a animarnos con soñar en imposibles gracias a la creatividad hecha maña. Así, en 1972, ganó en París el Premio Mundial de Cartomagia en el Congreso Mundial de Magia. En realidad, solo era el comienzo del mayor galardón que iba a recibir a diario: la admiración de tantos magos del mundo a los que él mismo enseñaba su legado. Porque Tamariz sabía que la vida es trabajo en equipo y que el conocimiento cuando se comparte no se divide: se multiplica. “La magia consigue el asombro, que es el principio del conocimiento, como decía Sócrates”.
Juan Tamariz ha fallecido hoy a los 83 años en Madrid. Ya no repetirá aquella reconocible coletilla del ‘’¡Chan, tatachán!”, ya no tocará más su violín invisible. Pero el valor de su magia continúa: entrenemos el superpoder de la inteligencia humana, ejercitemos la imaginación. Quien la tiene es rico, aunque no sume millones de euros en el banco. Quizá, por eso mismo, Juan Tamariz no buscaba ejecutivos agresivos en aquellos Un, dos, tres…. Nos quería a nosotros, que siempre acabábamos sonriendo con la ilusión de la curiosidad de un niño. Sigamos usando esa magia que nos regaló, pues.

More Stories
Ambos piden puntuar más alto el sexo oral en la pregunta de Broncano: “Por justicia hay que repararlo”
La bronca entre los hermanos Font, de Locomía, que termina con un ataque a Sonsoles Ónega
Patrick Criado cuenta en ‘El Hormiguero’ el “sacrificio” que hizo en su último trabajo