Llevo tiempo queriendo escribir sobre el baby shower de Bonnie Blue. Si no te suena, es una de las creadoras de contenido que se ha vuelto popular por los retos de tener relaciones sexuales con grandes cantidades de hombres en 24 horas. Ahora está embarazada y ha convertido la tradicional fiesta de darle la bienvenida al bebé, en otro de sus eventos para los ojos de sus suscriptores. Invita a desconocidos a mantener relaciones sexuales con ella para grabarlo y compartirlo, como contenido de pago, en su perfil de OnlyFans.
Sí, su baby shower tuvo elementos propios de este tipo de fiestas, con juegos como cambiarle el pañal a un osito de peluche. ¿El premio al más rápido? “Ser el primero en meterla”, como ella misma explicaba. Otros entretenimientos fueron beber chupitos desde la tripa de embarazada de Bonnie o intentar introducirse en la boca un chupete que llevaban atado al cinturón con un golpe de cadera.
En el Instagram de la inglesa se pueden ver algunos de esos momentos previos, los que aún eran aptos para todos los públicos. Y me llama la atención, como otras veces, que la mayoría de los participantes lleven pasamontañas todo el tiempo. Quieren que su identidad se mantenga en el anonimato y la tensión de que no se conocen de nada es evidente. Hablan entre ellos lo justo, interaccionan con tensión, sin cruzarse las miradas y se fijan en la cámara desafiantes, cruzados de brazos, la postura defensiva por excelencia.
¿De qué sienten que deben protegerse? ¿De una embarazada? ¿Del resto de invitados a la baby shower de un bebé que no es el suyo ni de nadie conocido? ¿De lo que podría pasar en el rodaje de las prácticas sexuales? Los más de cien participantes acudieron durante seis horas en grupos de entre cinco y diez personas. Después del acto sexual, la ‘fiesta’ terminó con la lluvia dorada grupal.
Tommy Lee, que fue uno de los participantes, había filmado con Bonnie antes: “Todos terminaron orinando sobre ella. Apestaba, era asqueroso, de verdad. Luego terminamos, nos limpiamos y eso fue todo”. Que el umbral de la higiene estuviera por los suelos, tampoco parecía importarles. ¿Qué es que un desconocido te salpique con su micción después de haber bebido un vaso de agua con sorpresa, un escupitajo de la modelo?
Tommy y Owain Lang son de los pocos que van a estos eventos con el rostro descubierto. Uno, creador de contenido que ya ha compartido un vídeo de su paso por el baby shower OnlyFans, es decir, también se nutre de la práctica de la inglesa. Incluso ha facilitado información del evento con medios. El otro también ha aparecido en distintos ‘retos’ sexuales organizados por Bonnie.
Quitándoles a ellos, los demás, los enmascarados, son un misterio. Nada se sabe de su edad o procedencia, de si tienen o no pareja, incluso de si han participado en otro baby shower (¿el de sus propios hijos, quizás?). Lo que sí se sabe es que habrán vuelto a su casa con la tranquilidad de que no iban a convertirse en carne de titular ni de reel viral. Que su vida podría seguir lejos del cuestionamiento público.
Cuando en la tierna infancia nos inculcan el poder del grupo, nadie imaginaría que aplica al golden baby shower de una creadora de OnlyFans. Sin embargo, es en esas quedadas multitudinarias donde se normaliza que tengan relaciones con una mujer que no les desea. La sensación de responsabilidad se diluye por completo, porque ¿cómo voy a ser un monstruo? ¿Cómo vamos a ser los 112 unos monstruos?
Ellos son los padres de familia, los novios ejemplares, los buenos hijos, los buenos amigos, los que nos cruzamos en nuestra ciudad y de vacaciones. Son quienes tienen el privilegio de desaparecer cuando termina la grabación y llevar su vida con total normalidad. Ni son una excepción ni una anomalía: estamos en un momento en el que el hecho de que haya cientos de hombres haciendo cola es lo normal. Son normales.
Bonnie Blue es el chivo expiatorio perfecto y reconocible, proclamando a los cuatro vientos que son sus normas porque es su cuerpo. La que protagoniza las preguntas: que si cuánto gana, que si es explotación o empoderamiento, que si ha ido demasiado lejos… Pero ¿qué lleva a un centenar de hombres a hacer cola para eso? ¿Qué masculinidad es la que está produciendo a una serie de individuos, no dos ni tres, sino cientos que ven un aliciente en vivir esa experiencia y regresan a su vida sin ninguna consecuencia?
No se habla de ellos, no son identificables por la calle gracias a sus pasamontañas, no vemos sus fotos en redes ni en medios, no se analiza su salud mental, su historia vital, su autoestima… Y tampoco van a perder oportunidades laborales por haber estado allí o van a ver su vida social resentida. De hecho, sus propias parejas desconocerán que han formado parte del reto. Muchos de sus amigos ni lo sabrán y si lo supieran, es plausible imaginar que lo celebrarían por todo lo alto.
Creo que es el momento de dejar de preguntarnos por qué hay una mujer dispuesta a hacerlo, toca cuestionar por qué hay cientos de hombres deseando participar y por qué, después, pueden seguir siendo hombres normales. Porque son los que van a por una mujer que no les desea, pero también los que pagan por el vídeo, los que lo comparten o los que ven más apropiado cuestionarla a ella en vez de las acciones de sus pares.
Así que en este reto tampoco voy a mirar a Bonnie aunque la pongan, convenientemente, en el centro de la cámara. Fijarnos en la inglesa evita que miremos a los 112 hombres. Sin ellos y sin los cientos de miles detrás de la pantalla, no habría vídeo, ni negocio. Justo lo que señalamos desde el feminismo: la violencia, la cosificación o el consumo sexual (aunque sea digital) no es cosa de un caso aislado, son hombres integrados que no viven al margen del sistema, sino que lo conforman.

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