Pedro Sánchez y Alberto Núñez-Feijóo frente a frente, cuando se van a cumplir 30 años del primer debate televisado de la democracia. Sucedió en los mismos estudios de Antena 3. Entonces, José María Aznar y Felipe González también estaban sentados. A simple vista, la puesta en escena, muy sencilla, no ha cambiado mucho. Pero, en realidad, el escenario es completamente diferente. La escenografía ha optado por una sola mesa, que reduce todas las distancias entre los adversarios políticos. Una mesa blanca que ha unido su confrontación sin barreras físicas y, a la vez, que se ha mostrado al espectador desde un plano ligeramente picado que transmitía el vértigo del directo. La tensión se ha olido desde casa.
Es la victoria televisiva del debate: la realización ha entendido que aquí menos es más. Del pequeño plató han hecho virtud. Basta con plasmar a los protagonistas sin perderse en movimientos de cámara. La relevancia está en ver el debate limpio. No obstante, la emoción en televisión siempre se narra en primer plano. Aunque últimamente se nos esté olvidado bastante. Así se ha optado por un juego de cámaras sencillo. Incluso tradicional. Primeros planos de cada candidato, planos escorzos -un líder de frente con la espalda del otro colándose-, la típica pantalla partida de los dos contrincantes al unísono y, de fondo, muy de fondo, la imagen tomada desde una cámara muy escondida de los presentadores, Ana Pastor y Vicente Vallés, representando al moderador casi invisible que sólo ordena como puede el caos para llegar a alguna parte. Sin apenas interrupciones, dejando la tertulia desnuda.
En este sentido, el cara a cara de Atresmedia ha evitado los fuegos de artificio y se ha centrado en la calma visual. Qué bastante ruido ya había en el choque dialéctico de ambos políticos, lanzándose datos contradictorios que ponían la cabeza tarumba al público generalista. Sólo aptos para el aplauso de los devotos.
Tanta interrupción complicaba el seguimiento interesado desde casa del debate. Se hacía largo. Se hacía hueso. Faltaban propuestas claras. Pero la serenidad visual relajaba (algo) el desbarajuste. Serenidad visual que no significa que la realización se quede a rebufo de la conversación. Al contrario, las cámaras han marcado el compás para que la audiencia sintiera que no se estaba perdiendo nada importante. Incluso antes de comenzar el cara a cara. Ahí, los de Atresmedia, con bastante experiencia ya en la organización de este género, han vuelto a derrochar habilidad para impulsar la sensación de acontecimiento histórico. Lo han hecho exponiendo sus míticos platós en la espera y recorrido posterior de sus invitados. Hasta con un plano aéreo que sobrevolaba su icónica antena roja y blanca. La TV, que ellos llaman “abierta”, ha aprovechado la oportunidad para vender su poderío en el epicentro de la noticia.
De esta forma, el choque electoral sirve, además, para poner en valor la marca de una televisión en abierto que, una vez más, ejerce como punto de inflexión de la campaña política, marcando la agenda pública con un encuentro electoral decisivo. Porque el cara a cara, aunque pareciera pronosticable en principio, ha mostrado a los dos aspirantes a presidir el país como no los habíamos visto. De hecho, por momentos, daba la sensación de que el propio Pedro Sánchez se sorprendía con como Feijóo estaba jugando en el debate. Hasta que llegó al minuto de oro en el que tocaba dirigirse al espectador de tú a tú y Feijóo se equivocó de cámara, mirando para otro lado. Así de transparente es la tele, imprevisible hasta cuando todo es previsible.
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