Cristina Tárrega y su regreso

<p><b>Cristina Tárrega presenta casi igual que Sara Montiel cantaba los <i>playbacks</i>.</b> Su boca no siempre parece ir acompasada a su voz. Cuestión del lugar que viene. Tárrega alcanzó la popularidad en Telemadrid con un programa de llamadas nocturnas llamado ‘<i><b>Sola en la ciudad'</b></i>. En una época sin redes sociales, se abrían los teléfonos de la tele para que los espectadores se desahogaran con ayuda de la intimidad de la noche.</p><p>El consultorio de la radio de toda la vida evolucionaba hacia el programa de testimonios en la tele. Tárrega estaba sola en el plató. No había más que un <i>skyline </i>de Madrid, una mesa llena de cosas, una iluminación tenue… Y ella<b> tenía que llenar el estudio de expresividad para que evitar la monotonía.</b> La cámara seguía la mirada de Tárrega y la mirada de Tárrega seguía a la cámara en un ejercicio de conversar con un público que, en parte de los casos, se sentía solo en la gran ciudad.</p><p><b>La gestualidad abundante de Tárraga era un acierto: daba ímpetu a los relatos teléfonicos.</b> A veces, no se sabía muy bien si su cara era de asombro o risa. O los dos estados de ánimo juntos. Pero lograba el cometido de que la audiencia conectaba con Telemadrid, también asombrada o también para echarse unas risas. A pesar de que había temas muy desoladores, que no admitían ni un atisbo de chascarrillo.</p><p>La sobreactuación de Tárrega convertía en tan televisivas las llamadas telefónicas que, a menudo, el programa daba la sensación de sketche cómico. De hecho, <b>Florentino Fernández</b> en <i><b>El Informal</b></i> y <b>Máximo Pradera</b> en <i><b>Lo más plus </b></i>hicieron sus parodias. Que no siempre sentaban demasiado bien a la presentadora.</p><p>Han pasado casi tres décadas de aquello, la conciencia social ha evolucionado y crecido en sensibilidades. Sin embargo, la actitud escénica de Cristina Tárrega sigue bebiendo de aquella impostada tele en la que se curtió. Su regreso a Telecinco con un <i>talk show</i> llamado L<i>a vida sin filtros </i>corrobora esa exageración. <b>La comunicadora está tan arriba en interpretación falsa que cuesta empatizar con un programa que pretende transmitir verdad.</b></p><p>Hasta en Estados Unidos, de donde importamos esta tele, la audiencia ya ha superado aquellos programas de testimonios de los noventa que empujaban a la lágrima. <i>La vida sin filtros</i> es anacrónico. Con sus guerras de sexo, con sus reencuentros, con sus clasismos, con sus prejuicios demodé, <b>incluso con el asombro por gente que lleva tatuajes. </b>La España de hoy habita otros lugares. Y lo que es peor: el formato usa la fragilidad de personas para<b> dar pena con esa pornografía emocional que las élites llaman ‘historia de superación’ </b>y que sólo pretenden hacer espectáculo de la vulnerabilidad para que el espectador desde su privilegiado sofá se entretenga pensando “<b>pues a mí no me va tan mal”</b>. La condescendencia y los caretos buscando de reojo la cámara, esta vez, invitan a cambiar de canal. Porque <b>nos llevan a fustigamientos que pensábamos que ya habíamos desaprendido</b>. Aunque está claro que algunos en sus burbujas<i> chic </i>todavía no se han percatado de ello. </p>